Veinte años de proyectos y la vulnerabilidad sigue ahí | Raíces de Cambio

Veinte años de proyectos y la vulnerabilidad sigue ahí | Raíces de Cambio


Veinte años de proyectos y la vulnerabilidad sigue ahí: ¿qué estamos haciendo mal en el desarrollo rural de El Salvador?

Cuando la cooperación logra que una familia se recupere, pero no que deje de caer

En algunas zonas rurales de El Salvador existe una paradoja difícil de ignorar.

Durante años —incluso décadas— han pasado proyectos de seguridad alimentaria, recuperación de medios de vida, agricultura familiar, adaptación climática, gestión de riesgos, infraestructura comunitaria, transferencias monetarias, emprendimiento, fortalecimiento organizativo y construcción de resiliencia.

Se han distribuido insumos. Se han creado huertos. Se han entregado aves, semillas y herramientas. Se han desarrollado capacitaciones. Se han construido obras de conservación de suelo y agua. Se han promovido sistemas agroforestales, emprendimientos y organizaciones productivas.

Sin embargo, una sequía, una tormenta, una pérdida de cosecha, un aumento de precios o una crisis familiar puede hacer que muchas de esas mismas familias vuelvan rápidamente a necesitar asistencia.

Si un territorio ha recibido proyectos durante diez, quince o veinte años, ¿por qué seguimos encontrando familias con prácticamente las mismas vulnerabilidades?

La respuesta fácil sería decir que faltan proyectos o recursos. Pero probablemente el problema sea más profundo.

Tal vez hemos construido un sistema extraordinariamente competente para atender la vulnerabilidad, pero mucho menos eficaz para reducirla de forma acumulativa.

El problema no es que la ayuda humanitaria no genere desarrollo

Hay que comenzar haciendo una distinción importante. Una transferencia monetaria de emergencia no tiene necesariamente que sacar a una familia de la pobreza. Un paquete de alimentos tampoco. Una acción anticipatoria frente a una sequía no debería evaluarse preguntando si transformó completamente el sistema productivo de un agricultor.

El propósito de estas intervenciones puede ser perfectamente legítimo: evitar hambre, proteger el consumo, impedir la venta de activos, mantener a los niños en la escuela, proteger una cosecha o permitir que una familia atraviese una crisis sin deteriorar todavía más su bienestar.

Eso ya es un resultado extremadamente importante.

El problema aparece cuando la emergencia termina y no existe una trayectoria clara que conecte protección, recuperación, resiliencia y transformación.

Choque → asistencia → recuperación parcial → cierre del proyecto → nuevo choque → nueva asistencia.

Y el ciclo comienza otra vez. No necesariamente estamos ante un fracaso de cada proyecto individual. Estamos ante un posible fracaso de secuenciación del sistema.

1. Estamos restaurando familias, pero no necesariamente cambiando sus trayectorias

Uno de los problemas más importantes en contextos de pobreza recurrente es la erosión de activos. Cuando una familia con pocos recursos enfrenta una sequía, una inundación, pérdida de empleo o incremento de precios, dispone de pocas opciones para absorber el impacto.

Puede reducir el consumo de alimentos, endeudarse, vender animales, herramientas u otros activos productivos, utilizar semillas reservadas para la próxima siembra o postergar gastos importantes. Estas estrategias permiten enfrentar la crisis inmediata, pero pueden deteriorar la capacidad futura de recuperación.

La literatura sobre pobreza, protección social y choques ha documentado cómo este tipo de mecanismos puede profundizar la pobreza y generar ciclos de vulnerabilidad, especialmente cuando los hogares carecen de ahorros, seguros, activos suficientes o acceso oportuno a sistemas de protección social (Bowen et al., 2020; Banco Mundial, 2024).

La Evaluación de la Pobreza y la Equidad en El Salvador 2024 del Banco Mundial identifica la exposición a choques y riesgos climáticos como un factor relevante para los medios de vida y destaca la necesidad de fortalecer las oportunidades económicas, el desarrollo rural, la productividad agrícola y los mecanismos de protección para los hogares vulnerables (Banco Mundial, 2024).

Una familia puede recibir activos productivos en un año, perder parte de ellos durante una sequía posteriormente y recibir apoyo nuevamente con otro proyecto. Desde la perspectiva administrativa aparecen varias intervenciones ejecutadas; desde la perspectiva del hogar puede haber ocurrido muy poca acumulación neta de capacidad.

La variable que deberíamos observar no es solamente cuánto entregamos, sino cuánto queda después del siguiente choque

Supongamos que una familia comienza con una capacidad económica equivalente a 100. Un proyecto de desarrollo la lleva a 120. Posteriormente una sequía la reduce a 85. Una intervención humanitaria la recupera hasta 100.

Administrativamente podríamos registrar dos programas exitosos. Pero después de varios años la familia continúa prácticamente en el punto de partida.

La verdadera resiliencia debería permitir que cada crisis erosione menos los avances alcanzados y que la recuperación sea cada vez más rápida. La trayectoria deseable sería diferente:

100 → 120 → choque → 110 → 135 → choque → 128 → 150.

Eso es acumulación. Eso es resiliencia económica. Y eso es justamente lo que nuestros sistemas de monitoreo y evaluación deberían comenzar a observar.

2. El calendario de los proyectos no coincide con el calendario de la transformación

Los proyectos funcionan mediante ciclos administrativos: inicio, línea de base, implementación, productos, indicadores, evaluación final y cierre. Pero una economía rural no se transforma siguiendo el calendario presupuestario de un proyecto.

Modificar sistemas productivos, restaurar suelos, desarrollar mercados, consolidar organizaciones, crear capacidades empresariales, aumentar activos, mejorar acceso financiero o modificar prácticas productivas requiere procesos acumulativos.

El incentivo institucional puede terminar favoreciendo aquello que puede mostrarse rápidamente:

  • número de personas capacitadas;
  • huertos establecidos;
  • hectáreas intervenidas;
  • kits entregados;
  • organizaciones creadas;
  • transferencias realizadas;
  • infraestructura construida.

Todos pueden ser indicadores válidos. Pero ninguno demuestra por sí mismo que una familia haya salido de una trayectoria de vulnerabilidad.

¿Qué capacidad posee hoy esta familia que le permitirá enfrentar el próximo choque sin regresar al punto de partida?

3. Seguimos separando emergencia, resiliencia y desarrollo como si la familia viviera tres realidades diferentes

Existe un mundo humanitario preocupado por las necesidades inmediatas; otro dedicado al desarrollo rural; otros que trabajan adaptación climática, protección social, inclusión financiera, agricultura, mercados y gestión de riesgos. Pero la familia es la misma.

El agricultor que necesita una transferencia monetaria durante una sequía puede ser el mismo que seis meses después necesita crédito, asistencia técnica, riego, seguro, acceso a información climática y conexión con mercados.

El enfoque del nexo humanitario-desarrollo-paz ha intentado precisamente enfrentar esta fragmentación, promoviendo una mayor coherencia entre actores y una comprensión compartida de riesgos y vulnerabilidades (OCDE, 2019).

El Programa Mundial de Alimentos establece en su Plan Estratégico de País para El Salvador 2022–2027 una relación entre respuesta humanitaria, fortalecimiento de capacidades, resiliencia, sistemas alimentarios, preparación frente a riesgos y protección social (PMA, 2022). La dirección conceptual existe; el desafío es convertirla en una arquitectura operativa territorial que sobreviva a los ciclos individuales de financiamiento.

4. No podemos construir resiliencia únicamente capacitando personas

Otro error frecuente consiste en asumir que la vulnerabilidad es fundamentalmente una brecha de conocimientos. Entonces respondemos con capacitaciones, escuelas de campo, talleres, planes de negocio, educación financiera y buenas prácticas agrícolas.

Todo esto puede ser necesario. Pero una familia puede recibir numerosas capacitaciones y continuar enfrentándose a exactamente las mismas restricciones estructurales: saber producir mejor, pero no disponer de agua; conocer técnicas de conservación, pero carecer de recursos para invertir; producir hortalizas, pero no encontrar un mercado rentable; elaborar un plan empresarial, pero no tener acceso a financiamiento.

El Banco Mundial señala que mejorar los medios de vida en El Salvador requiere fortalecer el desarrollo rural, aumentar la productividad agrícola y mejorar las condiciones que permitan ampliar las oportunidades económicas (Banco Mundial, 2024). FAO señala además que una parte muy importante de los productores salvadoreños pertenece a la agricultura familiar y depende de sistemas de secano altamente expuestos a variabilidad climática, degradación de suelos y estrés hídrico. El proyecto RECLIMA ha trabajado en restauración de ecosistemas, agroforestería y gestión sostenible de tierras como mecanismos de adaptación (FAO, 2023).

El capital humano no puede compensar indefinidamente la ausencia de capital productivo, infraestructura, financiamiento, agua, mercados y mecanismos de protección frente al riesgo.

5. Construimos activos, pero no siempre construimos sistemas económicos

Entregar diez gallinas crea un activo. Crear un sistema productivo avícola rentable es algo completamente diferente. Instalar un huerto crea capacidad de producción. Construir una actividad económica sostenible exige agua, tecnología, asistencia técnica, costos competitivos, demanda, logística, comercialización, gestión empresarial y capacidad para absorber pérdidas.

La cooperación corre el riesgo de enamorarse de soluciones visibles y fácilmente replicables:

  • huertos;
  • aves;
  • insumos;
  • semillas;
  • microemprendimientos;
  • infraestructura pequeña;
  • capacitaciones.

No necesariamente porque sean malas intervenciones. El problema aparece cuando se convierten en recetas independientes del territorio, del mercado y de las restricciones estructurales que mantienen la pobreza.

¿Qué sistema económico permitiría a esta familia generar ingresos suficientemente estables para reducir progresivamente su vulnerabilidad?

6. La acción anticipatoria puede cambiar esta lógica

La acción anticipatoria busca intervenir antes de que el impacto alcance su máxima intensidad, utilizando pronósticos, umbrales previamente establecidos, planes de acción y financiamiento preacordado. En lugar de esperar que una familia pierda la cosecha, venda animales, se endeude y posteriormente intervenir para recuperarla, podemos actuar antes para evitar parte de esa pérdida.

FAO ha implementado acciones anticipatorias en El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua ante los efectos previstos de El Niño en el Corredor Seco centroamericano. Estas intervenciones han buscado fortalecer la seguridad alimentaria, la nutrición y la resiliencia frente a choques climáticos antes de que los impactos alcancen su máxima intensidad (FAO, 2024).

Una buena acción anticipatoria no debería medirse únicamente por cuántas personas fueron atendidas antes del evento. También deberíamos preguntar cuánto daño se logró evitar:

  • ¿Cuántos activos no tuvieron que venderse?
  • ¿Cuántas cosechas pudieron protegerse?
  • ¿Cuánto endeudamiento se evitó?
  • ¿Cuántos hogares necesitaron posteriormente menos asistencia?

Ahí comienza a aparecer una verdadera métrica de resiliencia.

7. Deberíamos pasar de proyectos de resiliencia a trayectorias de resiliencia

La unidad de planificación no debería ser únicamente el proyecto. Debería ser la trayectoria del hogar y del territorio. Esto implicaría que diferentes programas, instituciones y fuentes de financiamiento contribuyan progresivamente a una misma transición.

Etapa 1 — Proteger

Evitar hambre, descapitalización y deterioro irreversible ante un choque.

  • Transferencias.
  • Acción anticipatoria.
  • Seguros.
  • Protección social.
  • Protección de activos.

Etapa 2 — Recuperar

Restablecer rápidamente producción, ingresos y consumo.

  • Reposición selectiva de activos.
  • Crédito de recuperación.
  • Rehabilitación productiva.
  • Asistencia técnica.

Etapa 3 — Adaptar

Reducir estructuralmente la exposición al próximo choque.

  • Riego eficiente.
  • Diversificación.
  • Agroforestería.
  • Gestión del agua.
  • Información climática.
  • Tecnología.

Etapa 4 — Transformar

Modificar las condiciones económicas que reproducen vulnerabilidad.

  • Mercados.
  • Financiamiento.
  • Agregación de valor.
  • Infraestructura.
  • Empleo rural no agrícola.
  • Digitalización.
  • Organizaciones económicas sostenibles.

Etapa 5 — Graduar

El éxito final debería consistir en que determinados hogares necesiten cada vez menos asistencia extraordinaria, porque han acumulado activos, ahorro, ingresos diversificados, capacidades y acceso a mecanismos de protección.

De la protección social tradicional a una protección social adaptativa

El Salvador tiene además una oportunidad estratégica: conectar información social, climática y territorial. El concepto de protección social adaptativa propone fortalecer la capacidad de los hogares pobres y vulnerables para prepararse, enfrentar y adaptarse a los choques.

El marco desarrollado por el Banco Mundial organiza esta capacidad alrededor de cuatro componentes: programas, datos e información, financiamiento y arreglos institucionales y alianzas (Bowen et al., 2020).

El sistema meteorológico detecta condiciones de sequía severa. Los sistemas de información identifican territorios y hogares altamente expuestos. Un protocolo previamente acordado se activa. Los recursos financieros están disponibles. Las familias reciben apoyo antes de verse obligadas a vender sus activos. Los servicios agrícolas activan medidas para proteger producción y agua. Los programas de recuperación y resiliencia continúan posteriormente con aquellos hogares que requieren intervenciones más profundas.

Eso significa pasar de “ocurrió la emergencia, busquemos financiamiento” a “aumentó el riesgo, activemos el sistema”. El cambio parece pequeño en el lenguaje; operativamente es enorme.

También necesitamos cambiar la forma de medir el éxito

Si queremos saber si veinte años de intervención están transformando realmente un territorio, no basta con sumar los indicadores de veinte proyectos. Necesitamos observar variables acumulativas.

Pregunta estratégica Indicador posible
¿Las familias soportan mejor los choques? Tiempo necesario para recuperar ingresos después de una crisis.
¿Se están descapitalizando menos? Porcentaje de hogares que venden activos productivos ante un choque.
¿Existe mayor capacidad financiera? Ahorro disponible, endeudamiento y acceso a mecanismos de aseguramiento.
¿La economía familiar es menos frágil? Diversificación de fuentes de ingreso.
¿El sistema productivo se adaptó? Variabilidad de producción frente a sequías o lluvias extremas.
¿Existe conexión económica? Participación estable en mercados rentables.
¿La protección funciona antes del desastre? Hogares cubiertos mediante mecanismos anticipatorios.
¿Está disminuyendo la dependencia? Frecuencia con que un mismo hogar requiere asistencia humanitaria.
¿Existe acumulación de capacidad? Evolución de activos productivos y financieros del hogar.

Aquí Monitoreo y Evaluación tiene una responsabilidad enorme. No deberíamos limitarnos a demostrar que un proyecto funcionó. Deberíamos investigar si sucesivas intervenciones están modificando realmente la trayectoria de vulnerabilidad del territorio.

Seis cambios para intentar romper el ciclo

1. Pasar del proyecto al portafolio territorial

Los programas individuales pueden durar dos, tres o cinco años. La estrategia territorial debería sobrevivirlos. Cada nueva inversión tendría que responder: ¿Qué capacidad construida por las intervenciones anteriores vamos a utilizar en lugar de comenzar nuevamente desde cero?

2. Proteger primero lo que ya se construyó

No tiene sentido invertir durante años en activos productivos para permitir que una sequía destruya nuevamente ese capital. La acción anticipatoria, los seguros, los fondos contingentes y la protección social adaptativa deberían formar parte de la estrategia de desarrollo.

3. Dejar de confundir activos con medios de vida sostenibles

La sostenibilidad no comienza cuando entregamos un activo. Comienza cuando existe un sistema económico capaz de mantenerlo.

4. Conectar producción con mercados

Incrementar producción sin resolver comercialización, logística, calidad, financiamiento y demanda puede simplemente producir excedentes poco rentables. La resiliencia productiva tiene que convertirse también en resiliencia económica.

5. Medir graduación, no solamente cobertura

Atender a 10,000 personas puede ser necesario. Pero una pregunta más poderosa sería: ¿Cuántas de ellas dejaron de necesitar el mismo tipo de asistencia cinco años después?

6. Tener el valor institucional de abandonar aquello que no transforma

La innovación no consiste únicamente en introducir nuevas tecnologías. También consiste en abandonar modelos que llevamos años repitiendo sin suficiente evidencia de sostenibilidad. Cada territorio debería contar con una memoria institucional capaz de responder qué se ha probado, qué funcionó, qué desapareció cuando terminó el financiamiento y qué se está repitiendo sin evidencia suficiente.

La pregunta incómoda que la cooperación debería hacerse

La existencia recurrente de necesidades humanitarias no significa automáticamente que los proyectos anteriores hayan fracasado. Los choques climáticos seguirán ocurriendo. Siempre existirán hogares que necesitarán protección. Y la asistencia humanitaria seguirá siendo indispensable.

Pero cuando las mismas vulnerabilidades, los mismos sistemas productivos frágiles y las mismas estrategias de supervivencia reaparecen durante décadas en un mismo territorio, existe una pregunta que ya no deberíamos evitar:

¿Estamos reduciendo vulnerabilidad o simplemente estamos financiando periódicamente sus consecuencias?

El objetivo final de la resiliencia no debería ser demostrar que una familia puede recibir ayuda después de cada crisis. Debería ser conseguir que cada crisis destruya menos, que cada recuperación sea más rápida y que cada intervención deje a las familias con mayor capacidad para decidir, producir, protegerse y prosperar.

Si después de veinte años seguimos atendiendo las mismas vulnerabilidades, quizás el reto no sea hacer más de lo mismo. Quizás sea construir, por fin, trayectorias de desarrollo que no se reinicien con cada nuevo proyecto.

Fuentes de referencia

  • Banco Mundial. Improving Lives and Livelihoods: Poverty and Equity Assessment for El Salvador 2024. Washington, D.C.: World Bank.
  • Bowen, T. et al. Adaptive Social Protection: Building Resilience to Shocks. Washington, D.C.: World Bank, 2020.
  • Programa Mundial de Alimentos (PMA/WFP). El Salvador Country Strategic Plan 2022–2027.
  • Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). RECLIMA: Increasing climate resilience of rural communities and ecosystems in El Salvador.
  • FAO. Documentación sobre acciones anticipatorias frente a El Niño en el Corredor Seco de Centroamérica, incluidas intervenciones desarrolladas en El Salvador para proteger medios de vida y seguridad alimentaria antes de los impactos.
  • Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). DAC Recommendation on the Humanitarian-Development-Peace Nexus. París: OECD, 2019.