toneladas de CO₂ equivalente capturadas.

Es comprensible por qué.

La captura de carbono permite convertir intervenciones muy diferentes en una unidad común, comparar proyectos, alimentar compromisos climáticos nacionales, justificar financiamiento verde y estimar contribuciones a la mitigación del cambio climático.

Desde esa perspectiva, el indicador es legítimo y necesario.

El problema comienza cuando dejamos de preguntarnos:

¿Cuánto contribuyó esta intervención a la mitigación climática?

y comenzamos a interpretar la cifra como respuesta a preguntas completamente distintas:

  • ¿El paisaje fue restaurado?
  • ¿La familia es más resiliente?
  • ¿Mejoró el suelo?
  • ¿Existe más agua?
  • ¿Aumentó la productividad?
  • ¿Disminuyó la vulnerabilidad?

Una tonelada de carbono no responde automáticamente ninguna de esas preguntas.

Y ahí aparece una de las principales debilidades de algunos sistemas de monitoreo de proyectos ambientales: convertir un indicador específico de mitigación en una medida general de éxito.

Carbono no es sinónimo de restauración

Un sistema productivo puede aumentar sus existencias de carbono y, sin embargo, no necesariamente producir los resultados sociales y ecológicos que justificaron la intervención.

Imaginemos dos parcelas.

En la primera se establecen especies de rápido crecimiento capaces de acumular grandes cantidades de biomasa.

La captura de carbono podría ser elevada.

Pero el sistema podría generar:

  • pocos alimentos;
  • escasos ingresos para la familia;
  • competencia por agua;
  • limitada diversificación productiva.

En una segunda parcela se establece un sistema agroforestal más diverso:

  • árboles frutales;
  • especies maderables;
  • cultivos;
  • cobertura permanente;
  • sombra;
  • forraje;
  • prácticas de conservación del suelo.

Es posible que durante determinados años la primera parcela muestre una mayor captura de carbono.

Pero desde la perspectiva de medios de vida y resiliencia, la segunda podría ofrecer una combinación mucho más valiosa de beneficios.

Esta distinción es especialmente importante en territorios rurales.

Porque el sistema que maximiza carbono no necesariamente es el sistema que maximiza resiliencia.

En el Corredor Seco, la pregunta no puede ser solamente cuánto carbono capturamos

Para El Salvador esta discusión tiene especial relevancia.

Buena parte de las intervenciones de restauración y adaptación se desarrollan en territorios expuestos a:

  • sequía;
  • irregularidad de lluvias;
  • degradación de suelos;
  • estrés hídrico;
  • inseguridad alimentaria;
  • vulnerabilidad económica.

En estas condiciones, evaluar una intervención principalmente mediante toneladas de CO₂ puede resultar insuficiente.

Una pregunta más completa sería:

¿El sistema restaurado permite conservar agua, proteger el suelo, mantener la producción durante una canícula y reducir las pérdidas de los hogares?

La captura de carbono continúa siendo importante.

Pero debe ocupar el lugar que le corresponde: una dimensión del resultado, no la totalidad del resultado.

Una métrica global frente a una realidad local

La tonelada de CO₂ tiene una ventaja extraordinaria para el financiamiento climático: es agregable.

Una tonelada capturada en Morazán puede sumarse a otra capturada en Colombia, Kenya o Indonesia.

Esto facilita:

  • reportes internacionales;
  • metas de mitigación;
  • compromisos NDC;
  • fondos climáticos;
  • portafolios de inversión;
  • mercados de carbono.

Pero los medios de vida rurales no pueden agregarse con la misma facilidad.

Una tonelada de carbono no nos dice:

  • quién recibió el beneficio;
  • quién asumió el costo;
  • si aumentó el ingreso;
  • si mejoró la producción;
  • si disminuyó la erosión;
  • si aumentó la disponibilidad de agua;
  • si la familia mantendrá los árboles;
  • si existe seguridad sobre la tierra;
  • si el sistema resistirá la próxima sequía.

Por eso existe una diferencia fundamental:

El carbono es una excelente unidad para contabilizar mitigación climática, pero una unidad pobre para resumir el éxito del desarrollo rural.

El primer problema: confundir carbono potencial con carbono real

En muchos proyectos, la captura de carbono comienza como una estimación.

Se modela qué podría ocurrir si:

  • determinada cantidad de hectáreas es restaurada;
  • los árboles sobreviven;
  • las especies crecen según lo esperado;
  • las prácticas se mantienen;
  • el suelo responde según los supuestos;
  • el sistema permanece durante determinados años.

Herramientas reconocidas como EX-ACT de FAO pueden estimar balances de gases de efecto invernadero comparando escenarios con y sin proyecto.

Eso es técnicamente útil.

El problema aparece cuando una estimación ex ante se comunica posteriormente como si representara carbono ya capturado y verificado.

No son lo mismo.

Podemos distinguir al menos tres conceptos:

Carbono potencial
Lo que el sistema podría almacenar bajo los supuestos del modelo.
Carbono estimado ex post
Lo que probablemente ocurrió después de actualizar el análisis con información real de superficie, adopción, crecimiento y manejo.
Carbono verificado
Lo que puede respaldarse mediante sistemas de monitoreo y verificación suficientemente robustos.

La diferencia es esencial.

Una tonelada de carbono proyectada no es todavía una tonelada de carbono capturada.

Plantar un árbol no significa haber asegurado su carbono

Entre el momento de plantar y la captura sostenible existen varias etapas:

  1. Árbol plantado
  2. ↓
  3. Árbol sobreviviente
  4. ↓
  5. Árbol establecido
  6. ↓
  7. Biomasa acumulada
  8. ↓
  9. Carbono almacenado
  10. ↓
  11. Carbono mantenido en el tiempo

Cada transición incorpora riesgo.

Un proyecto puede plantar un millón de árboles y estimar su captura futura durante veinte años. Pero si una proporción importante no sobrevive a los primeros ciclos secos, la biomasa real será inferior a la proyectada.

Esto nos lleva a una pregunta básica que debería acompañar a toda cifra de carbono:

¿Qué tasa de supervivencia utilizó el cálculo y cuándo fue verificada?

No solamente al cierre de la jornada de plantación.

Sino después de:

  • 12 meses.
  • 24 meses.
  • 36 meses.
  • 60 meses.

Porque el carbono depende del árbol que permanece, no solamente del árbol que alguna vez fue registrado como plantado.

El carbono también puede desaparecer

Existe además un segundo problema: la permanencia.

El carbono acumulado en vegetación no queda necesariamente almacenado para siempre.

Puede regresar a la atmósfera mediante:

  • incendios;
  • mortalidad por sequía;
  • plagas;
  • tala;
  • cambio de uso del suelo;
  • abandono del sistema.

Esto significa que la pregunta no debería limitarse a:

¿Cuánto carbono fue capturado?

Debe incluir:

¿Durante cuánto tiempo permanecerá almacenado?

Una tonelada capturada hoy puede dejar de estar almacenada mañana.

Ese riesgo es especialmente relevante en territorios sujetos a sequías recurrentes, incendios y presión sobre los recursos forestales.

Permanencia y fuga no son lo mismo

En la discusión sobre carbono también suele aparecer el concepto de fuga. Conviene diferenciarlos.

Reversión
Ocurre cuando el carbono almacenado dentro del proyecto vuelve posteriormente a la atmósfera.
Por ejemplo: un árbol crece, almacena carbono, posteriormente se tala o se quema.
Fuga
Ocurre cuando la intervención reduce emisiones en un lugar, pero desplaza la actividad emisora hacia otro.
Por ejemplo: una superficie agrícola se transforma en bosque, pero la producción agrícola simplemente se desplaza hacia otra zona donde provoca nueva deforestación.

Un balance serio de carbono debe considerar ambas dinámicas.

Porque mirar únicamente lo ocurrido dentro del polígono del proyecto puede generar una imagen incompleta.

En El Salvador, la permanencia también es una cuestión económica

Existe otra dimensión que rara vez aparece en los modelos de carbono: ¿por qué debería una familia mantener los árboles cuando termina el proyecto?

En determinados hogares rurales, la leña continúa formando parte de las estrategias energéticas.

Esto no significa que los árboles plantados por proyectos sean necesariamente utilizados posteriormente como combustible. No podemos asumirlo sin evidencia.

Pero sí obliga a incorporar preguntas sobre:

  • derechos sobre la tierra;
  • demanda energética;
  • acceso a alternativas;
  • valor económico del árbol;
  • beneficios productivos;
  • manejo futuro;
  • incentivos para conservarlo.

Si el proyecto considera al árbol un activo climático pero la familia no encuentra en él ningún valor económico, productivo o patrimonial, puede existir una tensión importante entre el beneficio global esperado y los incentivos locales para mantenerlo.

Por eso la permanencia del carbono también depende de la permanencia del incentivo.

Otro problema: el carbono puede parecer más preciso de lo que realmente es

Los informes suelen presentar cifras como: 1,187,532 toneladas de CO₂e.

Ese número transmite una enorme sensación de precisión.

Pero millones de toneladas de carbono no se pesan físicamente. Se estiman mediante combinaciones de:

  • superficie;
  • inventarios;
  • diámetro y altura;
  • ecuaciones alométricas;
  • biomasa;
  • modelos de crecimiento;
  • factores de emisión;
  • carbono del suelo;
  • imágenes satelitales;
  • supuestos temporales.

Todos estos métodos pueden ser científicamente válidos. Pero contienen incertidumbre.

Por tanto, una cifra transparente debería indicar:

  • cómo fue calculada;
  • qué período representa;
  • qué datos fueron observados;
  • qué datos fueron modelados;
  • qué supuestos se utilizaron;
  • qué nivel de incertidumbre existe.

Porque: un indicador no se vuelve más sólido porque tenga más decimales.

EX-ACT: una herramienta útil que debemos interpretar correctamente

En proyectos de agricultura y restauración se utiliza con frecuencia EX-ACT, desarrollado por FAO.

Su utilidad es importante. Permite estimar el balance de gases de efecto invernadero asociado a cambios de uso del suelo, prácticas agrícolas y otros componentes de una intervención.

Pero EX-ACT no debe confundirse con una medición física directa de cada tonelada almacenada en el paisaje.

Cuando se utiliza durante el diseño, proporciona fundamentalmente una estimación ex ante de lo que podría suceder bajo determinados supuestos.

Por eso la pregunta metodológica correcta no debería ser solamente: ¿cuánto carbono calculó EX-ACT?

Sino: ¿cuándo se realizó el cálculo y con qué información?

Y posteriormente: ¿fue actualizado con la superficie efectivamente intervenida, la adopción real de prácticas, la supervivencia y la evolución observada del sistema?

EX-ACT puede decirnos cuánto carbono esperamos generar bajo determinados supuestos. Por sí solo no demuestra que dichos supuestos se hayan cumplido.

El caso RECLIMA ilustra bien la diferencia

RECLIMA constituye un ejemplo útil precisamente porque trabajó a gran escala en el Corredor Seco salvadoreño.

En 2023, FAO comunicó aproximadamente 14,312 hectáreas restauradas y una estimación cercana a 1.2 millones de toneladas de captura de carbono.

Esa información es relevante para evaluar la contribución climática del programa.

Pero la cifra de carbono, por sí sola, no permite saber:

  • cuántos árboles sobrevivieron;
  • qué proporción de los sistemas permanecerá después del proyecto;
  • cuánto mejoró la infiltración;
  • cuánto disminuyó la erosión;
  • qué ocurrió con los ingresos;
  • cómo cambió la seguridad alimentaria;
  • qué prácticas continuaron sin asistencia técnica.

No significa que esos resultados no existan. Significa que no pueden deducirse automáticamente de las toneladas de CO₂ reportadas.

Ese es precisamente el punto. No se trata de cuestionar un proyecto particular. Se trata de mejorar el estándar con el que juzgamos este tipo de inversiones.

El carbono debería formar parte de un tablero de restauración

En proyectos rurales de restauración, una evaluación más completa podría utilizar un tablero multidimensional.

Dimensión Indicadores posibles
Mitigación tCO₂e adicionales, permanencia
Vegetación supervivencia, cobertura, regeneración
Agua infiltración, humedad, disponibilidad
Suelo erosión, materia orgánica, cobertura
Producción productividad, diversificación, estabilidad
Medios de vida ingresos, seguridad alimentaria, pérdidas evitadas
Permanencia manejo después de T+3 y T+5
Gobernanza tenencia, acuerdos, protección colectiva

El carbono no desaparece del sistema. Simplemente deja de ser la vara única de éxito.

Cambiemos la pregunta

Cuando un proyecto comunique:

“Capturamos un millón de toneladas de CO₂.”

la respuesta no debería ser desconfianza automática. Debería ser curiosidad técnica.

Preguntemos:

  • ¿Es carbono potencial, estimado o verificado?
  • ¿Cuál fue la línea de base?
  • ¿Durante qué período?
  • ¿Qué tasa de supervivencia se utilizó?
  • ¿Cómo se incorporó la mortalidad?
  • ¿Se analizaron fugas?
  • ¿Cómo se gestionará la permanencia?
  • ¿Se actualizó el modelo con datos reales?
  • ¿Qué nivel de incertidumbre tiene la estimación?

Y después hagamos una segunda pregunta:

¿qué cambió para el territorio y para las familias además del carbono?

Porque ésa es la diferencia entre contabilizar mitigación y demostrar desarrollo resiliente.

La lección

La captura de carbono es un indicador importante. Pero tiene límites.

Puede ayudarnos a comprender cuánto contribuye una intervención a resolver un problema global. No necesariamente nos dice si esa intervención resolvió los problemas del productor que vive de esa parcela.

En proyectos de restauración rural deberíamos distinguir claramente entre:

  • carbono que podría almacenarse;
  • carbono que probablemente se almacenó;
  • carbono efectivamente verificado;
  • y carbono que permanece después de que termina el proyecto.

Esa última dimensión posiblemente sea la más importante.

Porque en restauración, como en desarrollo rural, el verdadero resultado no es únicamente aquello que podemos proyectar mientras existe financiamiento.

Es aquello que continúa existiendo cuando el proyecto ya no está.