Hacia un nuevo enfoque de recuperación de medios de vida en el Corredor Seco Centroamericano
Introducción. Cuando el clima cambia las reglas, la respuesta humanitaria también debe cambiar
Durante años, los proyectos de recuperación de medios de vida en el Corredor Seco Centroamericano han recurrido a un conjunto relativamente conocido de intervenciones: huertos familiares, producción de hortalizas, granjas de aves, entrega de semillas, herramientas agrícolas y pequeñas unidades pecuarias.
Son respuestas que pueden contribuir a la seguridad alimentaria y a la recuperación de actividades económicas. El problema surge cuando se convierten en soluciones casi automáticas, independientemente de las condiciones territoriales, las capacidades de las familias y las posibilidades reales de sostenibilidad.
El contexto climático actual obliga a revisar críticamente esta práctica.
El fenómeno de El Niño 2026–2027 constituye una advertencia particularmente importante. Según el boletín de la NOAA del 8 de octubre de 2026, el evento continúa intensificándose y presenta una probabilidad elevada de alcanzar magnitudes históricas. La Organización Meteorológica Mundial prevé que su máxima intensidad podría producirse hacia diciembre de 2026.
Para El Salvador, el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales ya había advertido sobre alteraciones en la distribución temporal de las lluvias, canículas intensas, temperaturas superiores a lo normal y riesgo de sequías meteorológicas.
Sin embargo, el desafío no se limita a determinar cuántos días dejará de llover o qué porcentaje de la cosecha podría perderse.
La cuestión estratégica es si las condiciones económicas, ambientales y productivas que existían antes de la emergencia seguirán siendo válidas cuando intentemos recuperar los medios de vida de las familias.
Una sequía prolongada puede reducir reservas de agua, deteriorar suelos, aumentar costos de producción, debilitar el patrimonio familiar y obligar a vender activos. También puede alterar mercados, disponibilidad de insumos, precios y decisiones de inversión.
En estas circunstancias, recuperar los mismos activos productivos no garantiza recuperar las mismas oportunidades económicas.
Y aquí aparece una pregunta que la cooperación humanitaria y de desarrollo debería comenzar a formular con mayor frecuencia:
¿Estamos ayudando a las familias a reconstruir medios de vida económicamente viables o simplemente intentando restablecer sistemas productivos cuya vulnerabilidad ha quedado expuesta por la crisis?
Esta pregunta debería estar en el centro de una nueva agenda de innovación.
1. Una crisis climática extraordinaria exige revisar los supuestos de intervención
La adaptación al cambio climático forma parte del lenguaje habitual de las organizaciones de desarrollo. Se habla de agricultura climáticamente inteligente, variedades resistentes a la sequía, captación de aguas lluvias y tecnologías de riego eficiente.
Estas medidas continúan siendo relevantes.
Sin embargo, frente a fenómenos climáticos extremos, el desafío puede superar la adaptación de una práctica agrícola o la incorporación de determinada tecnología.
El problema es más profundo: algunas actividades económicas pueden dejar de ser viables en determinados territorios, al menos temporalmente, bajo las nuevas condiciones de riesgo y disponibilidad de recursos.
Consideremos una familia que antes de la crisis cultivaba hortalizas y disponía de una fuente de agua relativamente estable. Después de un episodio severo de sequía, esa fuente puede presentar menor disponibilidad, mayores costos de extracción o competencia creciente por el recurso. Entregar nuevamente semillas, fertilizantes y herramientas no restablece necesariamente su capacidad productiva. En cambio, podría incrementar su exposición a pérdidas si el proyecto no verifica primero la disponibilidad de agua, los costos actualizados y las condiciones de mercado.
Lo mismo ocurre con las unidades de aves: cuando aumentan los precios de los concentrados, escasea el agua o se deteriora la capacidad de compra de las familias, una actividad aparentemente sencilla puede perder viabilidad.
Esto no significa que deba abandonarse la agricultura familiar, sino que las decisiones de recuperación deben sustentarse en un diagnóstico actualizado y no exclusivamente en experiencias anteriores.
Hay, además, una precisión fundamental: El Niño es una manifestación de variabilidad climática natural, mientras que el cambio climático de origen antropogénico modifica las condiciones de fondo sobre las cuales se desarrollan estos eventos. Su interacción puede agravar determinados riesgos, pero los impactos deben comprobarse territorialmente.
La innovación que proponemos no consiste en asumir que todo ha cambiado de manera irreversible. Consiste en reconocer que ya no podemos dar por válidos los supuestos anteriores sin someterlos a nuevas evidencias.
2. El error de reconstruir la vulnerabilidad
La recuperación temprana suele responder a una lógica comprensible: una familia pierde sus medios de producción y el proyecto intenta reponerlos.
Sin embargo, recuperar un activo no equivale necesariamente a recuperar la capacidad de generar ingresos.
Y recuperar la actividad económica anterior tampoco significa que estemos reduciendo su vulnerabilidad frente a futuros eventos climáticos.
Podemos identificar tres modalidades de respuesta:
- Reposición: entregar semillas, animales, herramientas o equipos para recuperar lo que se perdió.
- Rehabilitación: recuperar la funcionalidad económica mediante mejoras técnicas, acompañamiento, infraestructura y acceso a recursos.
- Transformación: desarrollar o facilitar medios de vida diferentes, más diversificados y potencialmente menos expuestos a los riesgos que causaron las pérdidas anteriores.
Las tres pueden ser pertinentes. La selección dependerá de las condiciones de cada hogar y territorio.
No obstante, en contextos donde se proyectan riesgos climáticos extraordinarios, limitarse a reponer activos puede significar reconstruir las condiciones de vulnerabilidad que existían antes del desastre.
Una recuperación que devuelve a las familias exactamente al mismo nivel de exposición no necesariamente está construyendo resiliencia.
Esta afirmación debería tener implicaciones prácticas para el diseño, financiamiento y evaluación de los programas humanitarios.
3. De la adaptación de cultivos a la transformación de medios de vida
Durante mucho tiempo, la diversificación productiva se ha interpretado principalmente como la incorporación de más cultivos o especies animales.
Una familia que cultiva maíz puede recibir apoyo para sembrar hortalizas. Otra incorpora aves o pequeños animales.
Estas decisiones pueden mejorar el autoconsumo y distribuir determinados riesgos.
Pero cuando las actividades dependen de la misma disponibilidad de agua, comparten costos similares o son afectadas por un mismo evento climático, su diversificación económica puede resultar limitada.
Diversificar la producción no es necesariamente diversificar el riesgo.
El desafío consiste en ampliar las posibilidades de generación de ingresos mediante actividades que respondan a diferentes dinámicas económicas.
Aquí aparece una oportunidad importante para los programas de recuperación del Corredor Seco.
No todos los hogares necesitan convertirse en pequeños productores agrícolas. Algunos cuentan con habilidades comerciales, técnicas, artesanales o de servicios que pueden representar oportunidades económicas más viables.
Otros necesitan recuperar un negocio que ya funcionaba antes de la emergencia.
Y ciertos hogares, particularmente los más vulnerables, requieren inicialmente protección del consumo y acompañamiento antes de asumir riesgos empresariales.
La recuperación económica debería reconocer esta diversidad, en lugar de organizarse alrededor de un paquete productivo previamente seleccionado.
4. Innovación en activos productivos: ¿qué alternativas deberíamos comenzar a investigar?
Proponemos explorar cinco líneas de innovación para El Salvador y otros territorios del Corredor Seco:
- Primera línea: activos para servicios rurales.
- Incluye talleres de reparación de bombas de agua, equipos agrícolas, motocicletas, herramientas y sistemas de riego; servicios de mantenimiento de tecnologías solares e hídricas; y mecanización agrícola ligera prestada a terceros. Estas actividades pueden generar ingresos sin depender directamente de la producción de una parcela propia. Su pertinencia, sin embargo, requiere verificar demanda, habilidades técnicas, acceso a repuestos y capacidad de pago de los clientes.
- Segunda línea: transformación y agregación de valor.
- Equipamiento para conservación de alimentos, molienda, secado, procesamiento de granos, panificación, clasificación y empaque. La oportunidad consiste en captar una mayor proporción del valor comercial generado por la producción local y reducir determinadas pérdidas poscosecha. No obstante, la viabilidad depende de mercados reales, inocuidad, costos de energía, suministro de materias primas y capacidad comercial.
- Tercera línea: recuperación de micronegocios existentes.
- Pequeños talleres, comercios, actividades de transformación y servicios que operaban antes de la emergencia pueden requerir capital de trabajo, inventario o reposición de equipos. Recuperar actividades que ya tenían clientes puede representar una alternativa razonable frente a la creación de nuevos emprendimientos sin experiencia previa.
- Cuarta línea: servicios no agrícolas y empleo técnico.
- Confección, reparación de equipos, servicios digitales, mantenimiento, oficios técnicos y otras ocupaciones identificadas a partir de la demanda territorial. Aquí la innovación puede consistir en financiar herramientas, capacitación certificable y vinculación con empleadores, en lugar de promover exclusivamente el autoempleo agrícola.
- Quinta línea: activos colectivos con funciones económicas y climáticas.
- Infraestructura hídrica, centros pequeños de acopio, equipamiento compartido, viveros especializados vinculados con contratos de compra y servicios comunitarios. Estas inversiones pueden beneficiar a varios hogares, pero necesitan modelos claros de propiedad, operación, mantenimiento y financiamiento.
Ninguna de estas alternativas debe promoverse como una solución universal.
El verdadero cambio no consiste en sustituir las gallinas por máquinas, sino en sustituir la lógica de distribución de insumos por una lógica de investigación, viabilidad económica y gestión del riesgo.
5. La información climática debe determinar qué activos se financian
Esta es una de las transformaciones metodológicas más importantes que proponemos.
Tradicionalmente, la información climática se utiliza para justificar intervenciones, identificar territorios vulnerables o diseñar medidas de adaptación.
En un enfoque de innovación, debería utilizarse también para aceptar, modificar, aplazar o descartar inversiones productivas.
Antes de financiar determinada actividad, el proyecto debería responder preguntas como las siguientes:
- ¿Qué condiciones climáticas necesita el activo para operar y generar beneficios?
- ¿Qué sucedería con sus costos y productividad ante una sequía más prolongada de lo habitual?
- ¿Depende de recursos naturales cuya disponibilidad podría disminuir?
- ¿Qué riesgos económicos indirectos tendría una nueva crisis climática?
- ¿Existen alternativas que permitan al hogar mantener ingresos si la producción agrícola se interrumpe?
- ¿Qué información de alerta temprana justificaría modificar la intervención?
Esto supone combinar los datos del MARN sobre precipitación, períodos secos, temperaturas y condiciones agroclimáticas con información sobre medios de vida, activos, mercados y vulnerabilidad económica de los hogares.
Por ejemplo, ante un deterioro persistente de la humedad del suelo y la disponibilidad de agua, un proyecto podría suspender temporalmente nuevas inversiones en actividades intensivas en riego y evaluar alternativas de servicios o actividades no agrícolas.
Pero esa decisión no debería basarse exclusivamente en un pronóstico general.
Se necesitarían umbrales territoriales, información sobre fuentes de agua, costos y expectativas razonables de rentabilidad.
La innovación consiste en convertir la información climática en decisiones económicas verificables, no solamente en incorporarla a los antecedentes del proyecto.
6. De la respuesta predeterminada a la recuperación económica adaptativa
Proponemos adoptar un enfoque de recuperación económica que funcione mediante ciclos continuos de diagnóstico, decisión, experimentación y ajuste. Su aplicación comenzaría antes de seleccionar los activos:
- Diagnosticar el nuevo contexto: Actualizar información sobre disponibilidad de agua, daños, activos existentes, condiciones de mercado, capacidades familiares y riesgos proyectados.
- Investigar oportunidades: Determinar qué actividades mantienen demanda, cuáles enfrentan restricciones y qué nuevas oportunidades podrían surgir durante la recuperación.
- Diferenciar respuestas: Identificar qué hogares necesitan proteger su consumo, cuáles pueden recuperar negocios existentes y cuáles tienen condiciones para diversificar o transformar sus actividades.
- Experimentar antes de escalar: Probar un número limitado de modelos, verificar ventas, costos, ingresos, mantenimiento y aceptación comercial.
- Adaptar las intervenciones: Modificar o cancelar alternativas cuando las condiciones climáticas y económicas demuestren que sus supuestos no se cumplen.
- Verificar la sostenibilidad: Evaluar si las actividades continúan generando beneficios económicos después de retirarse el financiamiento del proyecto.
Este enfoque implica aceptar que las decisiones iniciales pueden necesitar cambios sustanciales durante la ejecución.
Una organización que descubre que una actividad no es viable y decide modificarla no necesariamente está fracasando. Puede estar demostrando una capacidad institucional indispensable: utilizar evidencia para evitar pérdidas mayores.
7. La innovación también debe transformar el monitoreo y la evaluación
Si el contexto climático es cambiante, los sistemas MEAL no pueden limitarse a verificar actividades previstas en un plan de trabajo formulado meses atrás.
Los indicadores tradicionales —número de activos entregados, huertos establecidos o personas capacitadas— continúan siendo útiles para medir ejecución. Pero no permiten conocer suficientemente la recuperación económica real.
Proponemos incorporar tres niveles de seguimiento:
- Nivel 1. Funcionamiento del activo: ¿Sigue operando? ¿Se utiliza? ¿Tiene costos de mantenimiento cubiertos?
- Nivel 2. Resultado económico: ¿Genera beneficios netos? ¿Contribuye al consumo, al ahorro o a la recuperación del patrimonio familiar?
- Nivel 3. Resiliencia ante nuevas perturbaciones: ¿Permite mantener ingresos o proteger el patrimonio cuando disminuyen las lluvias, aumentan los precios o se interrumpe una actividad?
Este último nivel adquiere especial importancia frente a El Niño y otros riesgos climáticos. No basta con demostrar que una familia continúa produciendo después de finalizar el proyecto. Es necesario conocer si ha reducido su exposición, aumentado sus opciones económicas o fortalecido su capacidad de responder a una nueva crisis.
También deberían realizarse evaluaciones después del cierre, idealmente a los 6, 12 y 24 meses, acompañadas de análisis que expliquen por qué algunas actividades se mantienen y otras desaparecen.
El aprendizaje de los resultados negativos debe formar parte del diseño institucional, no convertirse en una excepción incómoda.
8. El desafío para las organizaciones humanitarias: ¿estamos innovando lo suficiente?
El Niño 2026–2027 plantea una oportunidad para revisar los modelos convencionales de recuperación económica en el Corredor Seco.
Esta revisión requiere algo más que nuevas herramientas agrícolas o tecnologías resistentes al calor. Exige reconsiderar las preguntas que orientan las inversiones:
- ¿Por qué seguimos promoviendo determinados paquetes productivos sin disponer siempre de información suficiente sobre su sostenibilidad después del cierre?
- ¿Cuántas decisiones de financiamiento se sustentan en investigaciones de mercado y análisis actualizado del riesgo climático?
- ¿Cuántos proyectos pueden modificar sus activos productivos cuando las condiciones de implementación cambian?
- ¿Y cuántas organizaciones pueden demostrar, con seguimiento posterior, que su intervención contribuyó a una verdadera capitalización económica de los hogares?
Responder estas preguntas implica reconocer que los incentivos institucionales también forman parte del problema.
Los plazos cortos, los compromisos rígidos, los indicadores centrados en entregas y los limitados recursos para investigación pueden favorecer la repetición de soluciones conocidas.
Innovar requiere, por tanto, mecanismos de financiamiento flexibles, capacidades de investigación aplicada, acompañamiento empresarial y una cultura organizacional que permita corregir decisiones a partir de evidencia.
9. Hacia una agenda de innovación frente a riesgos climáticos extraordinarios
Para El Salvador proponemos impulsar una agenda de investigación y pilotaje con tres prioridades:
- Primera: investigar qué ha ocurrido con los activos financiados en años anteriores. Se necesita evidencia longitudinal sobre continuidad, rentabilidad, abandono, consumo, venta o reconversión de los activos productivos entregados por proyectos de emergencia y recuperación.
- Segunda: identificar nuevas oportunidades económicas considerando diferentes escenarios climáticos. Las alternativas deberían evaluarse según demanda, rentabilidad, acceso a mercados, requerimientos de agua, vulnerabilidad climática y posibilidades de continuidad.
- Tercera: experimentar con modalidades diferenciadas de recuperación económica. Comparar, bajo un diseño de evaluación apropiado, la reposición tradicional de activos, la recuperación de micronegocios, la provisión de servicios rurales y los modelos integrales de acompañamiento y capitalización.
La finalidad no sería demostrar anticipadamente que una modalidad es superior a otra. Sería producir evidencia para identificar qué funciona, para quién, bajo qué condiciones y con qué costos.
Conclusión. El mayor riesgo podría ser seguir respondiendo como antes
El fenómeno de El Niño 2026–2027 puede convertirse en una prueba importante para las estrategias de recuperación económica del Corredor Seco.
Su intensidad potencialmente histórica no significa que todas las actividades agrícolas deban abandonarse ni que los medios de vida tradicionales hayan perdido definitivamente su viabilidad.
Pero sí exige reconocer que los supuestos sobre disponibilidad de agua, productividad, costos, mercados y vulnerabilidad deben revisarse antes de financiar nuevas inversiones.
La recuperación de activos productivos ya no debería limitarse a reconstruir aquello que las familias tenían antes de la crisis.
En determinados contextos deberá protegerse y rehabilitarse lo existente. En otros, será necesario facilitar nuevas oportunidades económicas.
La innovación no consiste únicamente en adaptar lo que producimos, sino en reconsiderar de qué pueden vivir las familias cuando el contexto que sostenía sus actividades anteriores se vuelve más incierto.
La pregunta que queda abierta para gobiernos, organizaciones humanitarias, agencias internacionales y donantes es tan sencilla como incómoda:
Si el clima está cambiando las condiciones en las que se construyen los medios de vida, ¿por qué nuestros modelos de recuperación económica deberían permanecer iguales?